Globalización y migraciones masivas (siglo XIX)

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A partir de la década de 1820, se inició un proceso de migraciones masivas hacia el “Nuevo Mundo”, que duró hasta bien entrado el siglo XX. Alrededor de sesenta millones de personas tomaron rumbo, desde un gran número de países europeos, hacia América,  especialmente hacia Estados Unidos (tres quintas partes). Este fenómeno no tuvo precedente en la historia. De hecho, la única ola migratoria de carácter masivo y transatlántico que se había acometido en todo el transcurso de la historia humana fue la de los esclavos africanos que partieron hacia América.

En 1840, la emigración europea ya había superado a la diáspora africana. Sin embargo, es importante tener en cuenta que las causas que motivaron una y otra fueron muy diferentes. En el caso de África, la emigración fue obligada y con fines totalmente diferentes, pues los africanos llegaban a América en calidad de esclavos y siervos. Por su parte, los europeos lo hacían en busca de nuevas oportunidades y por voluntad propia. Los primeros europeos que emigraron hacia América lo hicieron por la gran abundancia de recursos que ofrecía esta nueva tierra de oportunidades y la escasez de mano de obra; precisamente lo contrario a lo que ocurría en Europa, donde predominaban la abundancia de mano de obra y la escasez de recursos.

Sin embargo, los grandes flujos migratorios de esta etapa, que inició en 1820, se acentuaron hasta finales del siglo XIX, puesto que el coste de moverse de un modo transoceánico era inasumible por la mayor parte de los emigrantes. A partir de 1846, las cifras migratorias empezaron a experimentar ciertos aumentos, pero fue hasta finales de siglo cuando realmente estalló el “boom” migratorio. Entre 1846 y 1876, en las cifras de emigración europea hacia América se contaban, en promedio, unos 300.000 individuos al año,  pero  en las dos últimas  décadas se experimentó un gran aumento, ya que en las dos décadas posteriores a 1876 se contaban un millón de emigrantes por año, en promedio.

Los países emisores de esas masas de población fueron cambiando a lo largo del siglo. En una primera etapa, los emigrantes provenían principalmente de Inglaterra y Alemania, pero a partir de 1860 iniciaron las oleadas migratorias provenientes de Escandinavia y otros países del noreste europeo. Por su parte, Europa del Este y del Sur siguieron a finales de siglo: a partir de 1880 fueron los italianos, españoles y portugueses y ya hacia 1890 fue el turno de austrohúngaros, polacos y rusos.

En la siguiente tabla podemos apreciar que hasta 1860 los focos migratorios de los Estados Unidos eran básicamente La Gran Bretaña, Irlanda y Alemania (Hatton y Williamson, 1998).

Es importante tener en cuenta que no todas las olas migratorias tuvieron las mismas características, no sólo en cuanto a su país de origen o destino, sino también de su carácter temporal.  Por ejemplo, la elevada tasa de retorno entre los italianos reflejaba una tendencia clara hacia la migración temporal; principalmente migración estacional.  Entre 1890 y 1914, la emigración, que volvió a su lugar de origen, representó el 30% del flujo de entrada en términos reales. Eso sí, la proporción de inmigrantes que tomaban el camino de vuelta a casa fue muy diverso, tomando en cuenta sus nacionalidades; por ejemplo, prácticamente la mitad de españoles e italianos regresaron a su país de origen, mientras que tan sólo el 5% de los migrantes procedentes de Rusia regresaron  a su patria.

El perfil del emigrante fue cambiando entre 1800 y 1900, pues los flujos a principios de siglo XIX estaban compuestos principalmente por granjeros y artesanos rurales que viajaban en grupos familiares y que intentaban conseguir parcelas terrenales y establecerse en su nuevo hogar de forma permanente. Esto cambió porque, a finales de siglo, el perfil estándar del emigrante que partía de Europa hacia el Nuevo Mundo provenía de áreas urbanas y de ocupaciones no relacionadas con la agricultura.

Otro aspecto en que cambió el perfil del emigrante fue que cada vez reflejaban un menor nivel de escolarización y aprendizaje. En la medida que las fuentes de emigración se fueron trasladando hacia el Sur y hacia el Este se registró que, en la gran mayoría de casos, los emigrantes eran analfabetos y no habían salido nunca de sus pueblos.

La “calidad” de los emigrantes fue disminuyendo porque ante la escasa formación, preparación y malas condiciones que los emigrantes contaban en sus países de origen, aumentaron los incentivos para migrar. En otras palabras, ésta nueva oleada de emigrantes tenía más a ganar con estos viajes. Se tiene que tomar en cuenta que la mayoría de los emigrantes huía de la pobreza. De hecho,  la media de salarios de los países receptores (principalmente Estados Unidos) estaba bastante por encima de los emisores. En muy pocos casos las migraciones eran frutos de persecuciones religiosas o políticas. La causa principal fue económica y, de hecho, muchos de ellos se fueron por iniciativa propia, sin asistencia y sin permiso de trabajo. Estos hechos refuerzan la premisa de que las condiciones del mercado de trabajo interior y exterior fueron los condicionantes de las decisiones en lo que a migración se refiere, esto se fue acentuando en la medida se aproximaba el fin de siglo.

Estas migraciones plasman a la perfección uno de los aspectos de la globalización y acentúan la idea de que ésta no es un fenómeno nuevo del siglo XX, la libre circulación de trabajadores se produjo en una cantidad mayor (de forma relativa) en el siglo XIX, creando de esta forma la idea de una comunidad global integrada en la cual personas de diferentes países y culturas se encontraban, pudiendo de esta forma aprender los unos de los otros y también probando los roces que nacen de la convivencia entre distintas civilizaciones.

Bibliografía:

Kevin H. O’Rourke y Jeffrey G. Williamson, Globalización e historia. La evolución de la economía atlántica en el siglo XIX, trad. Montse Ponz, Zaragoza, Prensa Universitaria, 2006, pp. 161-192.

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